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Azabacheras asturianas: las últimas artesanas trabajando un recurso ancestral

Autores: @Lucía Martín (colaborador de idealista news), @luis manzano

La zona de Villaviciosa esconde un tesoro que siempre estuvo vinculado a la historia asturiana, pero muy pocas veces fue reconocido como se merece: el azabache. Hablamos con las últimas azabacheras del lugar con motivo del Día Internacional de la Mujer Trabajadora que se celebra el 8 de marzo.

Las tarjetas postales y algunos folletos que pueden verse en la oficina de turismo de Gijón están protagonizadas por un pequeño duendecillo que lo mismo surfea, que juega con sus compañeros de travesuras. Es el Trasgu, un ser mitológico muy popular en Asturias que tiene una mano agujereada y cuya principal afición es molestar a los habitantes de las casas.

Si este ser “mágico” es reclamo en los folletos turísticos, no cuesta entender que a otro recurso de la zona también se le atribuyan propiedades místicas. Nos referimos al azabache asturiano, considerado uno de los mejores del mundo por sus características gemológicas. Pero, ¿qué es el azabache? La considerada “piedra mágica de Asturias” es un árbol ya extinto (en efecto, es madera), que fosilizó en la época Jurásica bajo unas condiciones muy especiales. “Es un material único, difícil de conseguir, muy escaso, y cuyos yacimientos se encuentran en la zona jurásica de Villaviciosa. El de aquí junto a los de Whitby, Inglaterra, son considerados los mejores del mundo”, cuentan en turismo, que promociona entre sus diferentes rutas, la del azabache, en Villaviciosa.

Vamos en busca de los orígenes del azabache y recalamos, tras un zigzagueante camino (no nos atrevemos a llamarlo carretera) en el taller de Begoña Gutiérrez, azabachera con casi 40 años de trayectoria. Estamos en Oles, el pueblo azabachero por excelencia, y desde la vivienda de esta vitalista mujer, disfrutamos de unas impresionantes vistas del Cantábrico: Gutiérrez va recogiendo el azabache en las escombreras, por los caminos, en su huerta o en su particular senda azabachera en la que abundan cruces templarias y celtas. “Un día, plantando un rosal en la finca, apareció azabache, yo no sabía lo que era, pero encontrábamos más y lo solíamos pulir en casa y regalárselo a los amigos. Hasta que un día me lo tomé en serio, dejé la asesoría donde trabajaba con mi marido y monté el taller”, explica. Lo cuenta desde la modesta mesa donde pule las piezas, situada a la entrada de su casa, al aire libre porque “aquí se trabaja mejor”. Y con sus pies calzando madreñas, porque “la madera es lo que mejor protege del frío”, asegura mientras nosotros vestimos abrigo y bufanda.

Keka Luna es su marca y sus piezas las identifica con un trisquel (símbolo celta) y una hoja: “Como encuentro el material en los bosques, en la tierra, la hoja es una forma de rendirle tributo”, explica. Según la complejidad de la pieza, puede estar días trabajando en ella. No hay forma de saber cuántos artesanos trabajan el azabache en Asturias, de la misma forma que tampoco se sabe cuánto queda por la zona porque las minas de las que se extraía, se cerraron. Se puede encontrar en los acantilados de Oles, en las escombreras (en su gran mayoría, ya esquilmadas), por los caminos.. Pero hay que salir a buscarlo, de ahí que sea escaso y de gran valor. “Las mujeres siempre trabajaron el azabache, lo que pasa que quien más se veía era el hombre, que era quien lo tallaba a navaja. Ellos lo pasaban después a sus mujeres o hijas y que me perdonen, pero ellas hacían la verdadera labor. Retocar, pulir y dar la forma final a la pieza. En Asturias la mujer ha trabajado muchísimo, no solo con el azabache, sino en la huerta, con los animales..”, explica.

Lo primero que se hace, al trabajar el azabache, es quitar la primera capa que se asemeja a la corteza de un árbol: después, se empieza a labrar, dándole la forma que interesa. “El último paso es el pulido, que es muy fácil. El azabache es muy amoroso de trabajar”, comenta Gutiérrez.

Existen dos asociaciones sectoriales en la zona, pero muchos artesanos no pertenecen a ellas. Carola Granda, joyera, es una de ellas. Cuando tenía 22 años su padre le trajo una buena cantidad de azabache que adquirió al último minero artesanal de la zona, Tomás Noval, que ya falleció. “Lo tuve ahí, trabajé otras cosas, pero hace cinco años lo retomé. El azabache es muy especial, es una piedra muy protectora, yo hago talismanes personalizados”. Granda trabaja en su casa, en Tamoca, y vende sus creaciones artesanales por Internet: su nombre de guerra es Carola Bocanegra, apellido de su abuela. Granda va recogiendo también el azabache que encuentra por las escombreras, los acantilados… “Lo que no sé es de donde viene mucho del azabache que se ve aquí en Asturias”, añade. Esa es una de las polémicas del sector, muchos critican que se está vendiendo por azabache piedras que no lo son y que mucho del que lleva el marchamo “asturiano”, es en realidad de fuera. De esta misma opinión es Carmen Valdés, que recientemente cambió su taller de Gijón a Villaviciosa: un Ere obligó a Valdés a reconvertirse y así fue como cayó en la marmita del azabache. Valdés, que tenía relación con el mundo del arte y el diseño no así con la joyería, nos confirma que siempre se dio valor a la extracción y a la talla del azabache, trabajos masculinos. “Pero no se valoraba lo que hacía la mujer, el acabado final, que es lo más delicado”. “La situación del azabache en Asturias es complicada, porque no hay mucho, unos van sacando cuando hay derrumbes de tierras, otros heredan de sus abuelos, lo que se puede conseguir por ahí son piedras pequeñas. Yo salgo a buscarlo, porque no me fío de lo que me puedan vender. Y te juegas el físico cuando sales a buscarlo en acantilados”, comenta.

¿Cómo saber entonces, si lo que estás comprando es azabache asturiano? “Tienes que fiarte de la palabra del artesano y de su trayectoria·”, explica Valdés. Años atrás algunos expedían un certificado de autenticidad de escasa validez, ya que los firmaban ellos mismos.

La pieza de azabache más antigua encontrada jamás es una cuenta de collar de la Cueva de las Caldas de Oviedo, datada en unos 17.000 años. “En Asturias nunca se le dio valor al azabache. Siempre estuvo vinculado al traje regional, a los pendientes de la abuela, a la superstición.. Ahora se está empezando a estudiar algo más, pero son estudios muy incipientes”, asevera Valdés.

Afortunadamente, siguen quedando artesanas dispuestas a dar batalla para que esta belleza negra sea reconocida como le corresponde.

En los escaparates de los talleres y joyerías de Asturias abunda una mano cerrada, de distintos tamaños, en la que el dedo pulgar pasa entre el índice y el corazón. Está hecha en azabache y es la llamada higa, “cigüa” en Asturias, un amuleto que se regala a los recién nacidos para protegerles del mal de ojo. De nuevo aparece el carácter protector del azabache, pero ya no nos extraña porque hemos notado, en primera persona, el misticismo de los acantilados de Oles.